Última actualización: 14.12.19

 

Como todo instrumento de precisión, el manómetro es una pieza que debe estar siempre en buen estado y debidamente verificado. Algo a lo que ayuda apostar por manómetros homologados y verificados, conforme establece la legislación vigente.

 

Si un termómetro mide 40 grados de temperatura en un día de invierno, es obvio que algo falla. Una cuestión sin importancia que puede convertirse en riesgo cuando de lo que hablamos es de presión de aire y de manómetros. Y es que una presión de aire inadecuada en un neumático es un factor de riesgo a la hora de sufrir un accidente. Por eso, resulta fundamental mantener la presión adecuada de nuestros neumáticos. Algo que nunca podremos hacer si el manómetro que estamos utilizando no funciona como debe.

Por suerte, existen dos procesos que permiten comprobar que los manómetros que utilizamos tengan la precisión necesaria a la hora de controlar la presión de los neumáticos. Hablamos de los procesos de homologación y verificación. La homologación comprueba el buen funcionamiento de los manómetros antes de su lanzamiento, mientras que la verificación es un proceso que sirve para verificar que el manómetro sigue funcionando como debe. Algo fundamental a la hora de buscar el mejor manómetro para revisar la presión de nuestros neumáticos.

 

 

Cómo se ejecuta la homologación

El proceso de homologación de un manómetro es un paso previo a la comercialización del mismo y se realiza directamente en un laboratorio especializado y debidamente autorizado para este fin. En este laboratorio se va a someter el producto a una serie de pruebas controladas, a fin de verificar que las mediciones que el producto realiza son las correctas. La ventaja de este sistema es que las presiones de aire a las que se va a someter el manómetro son previamente conocidas, de modo que si el manómetro mide las mismas correctamente recibirá la marca de homologación correspondiente.

Es importante comentar que esta homologación no sigue unos criterios concretos, sino que cada norma o regla de homologación tiene unos criterios específicos que el producto debe de cumplir. Así que junto al certificado de homologación correspondiente debe figurar la norma a la que hace referencia. Como dato, el proceso de homologación en el mercado español consta de cinco fases diferentes, que incluyen tanto controles de la precisión de las mediciones como de la calidad del propio dispositivo.

 

El problema de los manómetros particulares

Dentro de este proceso de homologación, conforme a lo que hemos comentado, se realizan una serie de pruebas metrológicas y de rendimiento sobre el producto. El problema es que esta exigencia no es igual para todos los manómetros que salen al mercado, sobre todo para los usuarios particulares, cuya precisión y resto de procesos de homologación son bastante laxos, por no decir inexistentes.

En concreto, la norma es mucho más exigente para los manómetros de uso público, como los que se sitúan en los talleres, las gasolineras y otros establecimientos públicos. Estos manómetros deben cumplir con una homologación en cinco fases diferentes, de modo que su precisión está prácticamente garantizada. Sin embargo, en el caso de los manómetros para particulares, la única verificación que se les exige es la metrológica y, en muchos casos, ni siquiera eso.

Esto provoca que la mayor parte de los manómetros que usamos quienes compramos uno de estos productos para uso personal puedan tener dificultades a la hora de ofrecer mediciones precisas. Incluso muchos de estos productos lucen el distintivo CE, que no deberían llevar por no cumplir con dicha norma. Por eso es tan importante apostar por modelos homologados conforme a la exigencia de la normativa vigente, así como por aquellos que procedan de fabricantes conocidos y de calidad. 

 

 

Qué es la verificación

A diferencia del proceso de homologación, el proceso de verificación es aquel que se ejecuta sobre los manómetros que ya han estado instalados y han sido utilizados. Sin embargo, en la práctica, el proceso de verificación es muy similar al de homologación, centrándose especialmente en la parte metrológica. Así pues, de nuevo se va a someter al manómetro a diferentes pruebas de medición con presiones de aire controladas, a fin de verificar la precisión de las mismas y ver si durante el uso del manómetro este ha podido perder parte de su capacidad para medir correctamente las presiones.

Este proceso tiene un margen de error autorizado, ajustado a la capacidad de medición que tiene el manómetro. En caso de que dichas medidas se salgan del rango autorizado o del margen de error soportable, entonces el manómetro no podrá ser utilizado y deberá ser enviado a un servicio técnico, a fin de ser reparado. Si el procedimiento y las mediciones sí se encuentran dentro del rango de trabajo del dispositivo, entonces se emite el correspondiente informe de verificación y se etiqueta el producto con la pegatina de dicha revisión, similar a la de la ITV, que informa al usuario de ese manómetro que el mismo funciona como debe. De hecho, al igual que ocurre con esa ITV, el manómetro debe ser verificado cada dos años, aunque esto es algo que varía dependiendo de lo que cada comunidad autónoma indique.

Es importante destacar que este proceso es obligatorio para los manómetros de uso público, pero no para los manómetros particulares. Es algo lógico dado que estos manómetros no van a tener un uso intensivo como los de una gasolinera o un taller. Por otra parte, el proceso de verificación no es precisamente barato, así que en muchos casos casi nos resultará más interesante comprar un manómetro nuevo a realizar la verificación del que tenemos. 

De todos modos, si tenemos la posibilidad de medir presiones de aire controladas, podremos también ver la precisión de nuestro manómetro. Algo que podemos hacer, por ejemplo, verificando primero la presión de la rueda en la gasolinera y acto seguido con nuestro manómetro. Si las mediciones son similares, entonces nuestro manómetro particular funciona correctamente.