Última actualización: 14.10.19

 

A pesar de tener una patente a su nombre, Mary Anderson fue una mujer olvidada por la historia. Después de tantos años, finalmente su nombre ha vuelto a surgir para recibir el reconocimiento que merece, ser la creadora de un método de seguridad vial necesario: el limpiaparabrisas.

 

Al adquirir un coche nuevo, la mayoría de las personas se enfocan en aspectos como el diseño del coche, la potencia del motor o el espacio que tiene y, a pesar de que es una pieza importante, nadie se detiene a pensar si su coche cuenta con el mejor limpiaparabrisas.

Ciertamente, un parabrisas no influye en el desempeño y funcionamiento del coche bajo condiciones “normales”, sin embargo, cuando la lluvia hace acto de presencia o la nieve comienza a acumularse en el vidrio, en ese momento, se evidencia la importancia de este pequeño artefacto.

La prevención de muchos accidentes se da por el limpiaparabrisas, por lo tanto, un coche sin él es una perfecta receta para el desastre. En la actualidad, se sabe que los limpiaparabrisas son necesarios, por lo tanto, nadie repara en ellos. No obstante, hace muchos años no era así.

Podrá sonar descabellado un mundo en el que los coches no contaban con algo que despejara la visión del conductor al limpiar el vidrio, pero esto era lo común hasta mediados de los años 1900. El chofer del coche o de cualquier otro medio de transporte debía detenerse para limpiar el vidrio antes de seguir, en el mejor de los casos, pues si la lluvia era torrencial, era necesario esperar.

¿La solución? Crear un artefacto que de forma automática se encargara de limpiar aquello que manchara el vidrio para evitar que el chofer tuviera que detenerse constantemente a hacerlo. ¿La mente tras esta revolucionaria idea? Una mujer ingeniosa que luchó por el reconocimiento de su invención, Mary Anderson.

 

 

La gran idea de Mary

Nacida en Estados Unidos, específicamente en el año 1866 en Alabama, Mary Anderson no era una mujer con el aspecto de alguien que lograría cambiar el mundo automovilístico para siempre.

Antes de ser inventora fue viticultora, promotora inmobiliaria y dueña de ranchos en la soleada región de California. Su vida fue ajetreada y, entre construir los departamentos de Fairmont, estar con su familia y consolidarse como ganadera y viticultora, su rutina consistía en viajes constantes entre California, Birmingham y Alabama.

En uno de sus cientos de viajes, Mary reparó en algo que no había tomado en cuenta hasta ese entonces. El invierno del año 1902 azotaba fuertemente las vías que conectaban su ciudad con Nueva York y lo que debía ser un viaje en tranvía de algunas horas se tornó en una larga travesía. No porque las vías estuvieran cerradas o porque el frío fuera excesivo, sino porque la mezcla de agua y hielo en el parabrisas provocaban que, cada tantos metros, el chofer se detuviera para limpiarlo y seguir con el recorrido.

Después de este viaje y lamentándose las horas perdidas en el camino, Mary Anderson llegó a Alabama con una idea: diseñar un sistema automatizado que se accionara a mano desde el interior del coche y limpiara el vidrio. Algo lógico, ingenioso y creativo, que seguramente cambiaría las vidas de muchos, pero que, desafortunadamente, no fue visto como importante por las personas de la época.

 

Una inventora sin éxito

No consideramos que su invención tenga un valor comercial. Con esas palabras, una empresa canadiense rechazó la oferta de Mary Anderson para trabajar juntos y comercializar su nuevo recién fabricado limpiaparabrisas. Corría el año 1905 y la inventora de casi 40 años, a pesar de contar ya con una patente, no lograba encontrar a alguien que deseara hacer negocios con ella.

Aunque hoy en día el uso de limpiaparabrisas sea obligatorio, en la antigüedad esto era considerado un simple accesorio adicional que no tenía ningún valor y que, además, podría distraer a los conductores.

Desde el año 1903, su invento, un brazo metálico con goma resistente y resortes que permitían que se moviera en dos sentidos para recorrer el parabrisas por completo y dejarlo impecable, contaba con el número de patente 743,801 y 17 años de vigencia.

A pesar de que nadie quería hacer ofertas para trabajar con ella y hacerse con el producto, algunas personas que sí reconocían su valía intentaron familiarizarse más con la invención, y, de esa manera, sopesar la idea de incluirla en los coches. Este fue el caso de Henry Ford.

 

 

La comercialización de una patente caducada

El legendario coche Ford T no se hizo famoso en el año 1908 solamente por sus bajos costes de producción y su elegante diseño, sino también por ofrecer entre sus accesorios opcionales un pequeño artefacto que mantuviera los vidrios frontales limpios a pesar de las condiciones climáticas: el limpiaparabrisas.

Las ventas comenzaron a darse con cada vez más frecuencia y, ya para el año 1913, diversas compañías de coches lo incorporaron en sus creaciones. El limpiaparabrisas se convirtió en el producto de todos y, al pasar a ser de todos, la patente perdió toda su importancia. Mary Anderson no obtuvo ni un céntimo en ganancias y, cuando su patente caducó completamente, en el año 1920, Cadillac tomó el limpiaparabrisas y, en vez de ofrecerlo como accesorio opcional, lo hizo parte del equipo estándar de sus coches.

Desde ese momento, el limpiaparabrisas comenzó a formar parte de todos los coches que salieron al mercado automovilístico, al igual que se hace en la actualidad, finalmente ganando el reconocimiento que merecía y que Mary Anderson intentó conseguir entre 1903 y 1905.

Mary Anderson no intentó en ningún momento de su vida realizar denuncias legales por su invención, ni tampoco insistió en ganar dinero por su éxito después de haber intentado venderla la primera vez, por lo que se retiró a Birmingham y siguió su vida hasta morir en el año 1953.

A pesar de que la mujer no gozó de beneficios debido a su maravilloso invento, finalmente su historia se dio a conocer y, en la actualidad, la creación del limpiaparabrisas está completamente conectada a su nombre. De esa manera, el mérito de la creación de este producto finalmente le pertenece por completo.