Última actualización: 16.11.19

 

Desde que se inventaron los motores para automóviles, la refrigeración de los mismos siempre ha sido un problema. Algo en lo que los ingenieros llevan muchos años trabajando, a fin de lograr una refrigeración eficiente y de calidad.

 

Desde el momento en que los ingenieros descubrieron el motor como solución para darle movilidad a cualquier vehículo o máquina, surgió un grave problema al respecto. En concreto hablamos del calor, generado de forma “natural” por el proceso de combustión de la gasolina o el combustible que corresponda. Este calor es necesario para que el motor alcance una temperatura adecuada de funcionamiento, en torno a los 90 grados. Sin embargo, el problema surge por el hecho de que esta temperatura puede llegar a los 150 grados, lo que requiere de una refrigeración eficiente para que el calor no sea un problema. Sepamos algún detalle más sobre cómo el paso del tiempo ha permitido disponer de soluciones cada vez más eficientes en este proceso de refrigeración.

 

El aire, el primer refrigerante

En este resumen de soluciones históricas para refrigerar los motores de los vehículos, el primer remedio utilizado no fue un líquido sino el propio poder del aire. Los motores se diseñaban para forzar el aire a entrar en las zonas más internas del motor y refrigerar el mismo mediante corrientes de aire fresco. Sin embargo, esta solución no era la más adecuada al problema, dado que en ciertos entornos con altas temperaturas el aire caliente apenas enfriaba el motor. Todo ello sin olvidar los problemas generados por la presencia de polvo y otra suciedad en ese aire.

La prueba de que el sistema no era lo más eficiente del mundo la tenemos en que hoy día no se utiliza este sistema prácticamente en ningún vehículo, salvo en algunos ciclomotores o scooters de muy escasa potencia y cilindrada. Algo que hacía necesario de otras soluciones más efectivas.

 

 

El agua, adecuada pero incompleta

La solución más lógica para refrigerar el motor de un vehículo de forma líquida fue el agua. Una solución sencilla y barata pero que también tiene algunos inconvenientes. El principal problema de este líquido son sus propiedades térmicas, que no se corresponden con lo necesario para lo que se requiere de este refrigerante.

Como todos sabemos, el agua se congela a partir de los 0 grados y se evapora a partir de los 100 grados. Dos temperaturas que, en el caso de los motores, se quedan bastante escasas a la hora de darnos un rendimiento adecuado. Empezando por el frío, el hecho de que el agua se congele a cero grados es un grave problema, dado que no es una temperatura poco frecuente. Por si fuera poco, el agua tiene la mala costumbre de ampliar su volumen cuando se congela, lo que puede romper todo tipo de elementos del motor al congelarse.

Algo parecido ocurre con el calor. Cuando el agua supera los 100 grados, la misma se evapora y se expande de forma considerable, presionando desde dentro los componentes del motor. Una temperatura que apenas está 10 grados por encima de las que un motor tiene como óptima, en torno a los 90 grados, por lo que la capacidad de enfriar el vehículo es más bien escasa.

Para solventar estos problemas, en el principio de los tiempos de la automoción se trató de compensar este problema, especialmente por el lado del frío, añadiendo alcohol de madera o alcohol metílico a la mezcla de agua, a fin de bajar su punto de congelación. Pero el problema de este aditivo es que si ya de por sí es complicado luchar contra la corrosión que genera el agua, la mezcla de agua y alcohol metílico era aún más corrosiva para los elementos del motor.

 

El primer anticongelante real

Todo este planteamiento cambiario gracias a los estudios del químico francés Charles Adolphe Wurtz, que trabajaría en el desarrollo del etilenglicol, allá por el lejano 1856. Este producto es una mezcla de diferentes químicos, en el que se combinaban algunas de las propiedades tanto de la glicerina como del alcohol etílico. Lo curioso del producto es que el mismo realmente no tenía una aplicación concreta como tal, hasta que el producto empezó a usarse en la fabricación de explosivos.

De este producto se obtendría también el glicol, un elemento más sencillo derivado del etilenglicol original, que entre sus propiedades tenía un punto de ebullición elevado así como un punto de congelación muy reducido, lo que ofrecía a los motores justo lo necesario como para refrigerar el motor de cualquier vehículo de manera eficiente. Sería la llegada de la primera guerra mundial la clave para que el producto se popularizase, siendo ampliamente utilizada por parte de los alemanes y los aliados en la refrigeración de todo tipo de vehículos.

 

 

La llegada de los refrigerantes orgánicos

Tal sería el éxito de los anticongelantes que hemos comentado, que los mismos prácticamente se han mantenido sin demasiados cambios hasta nuestros días. Si es cierto que la composición ha variado conforme a lo que los fabricantes de motores reclaman, a fin de obtener el mejor anticongelante que cada vehículo pudiera demandar, pero siempre sobre la base del glicol que hemos mencionado.

No obstante, la última novedad que tenemos a nuestro alcance ha sido la llegada de los anticongelantes orgánicos. Un producto cuya principal diferente es la base que emplean en su fabricación, a fin de ofrecer mejores resultados a la hora de refrigerar el motor. No está claro cuándo llegaron estos productos al mercado, pero lo cierto es que hoy día suelen estar presentes en la mayoría de vehículos que ruedan por nuestras carreteras.

La principal ventaja de estos anticongelantes orgánicos es que generan un cuidado del motor más efectivo, gracias a la presencia de componentes orgánicos en la fórmula mediante aditivos específicos que cuidan mejor de los materiales que se utilizan en los nuevos motores. Por tanto, el riesgo de corrosión es aún más reducido. Además, tal como pasa en los aceites de motor sintéticos, la presencia de estas bases orgánicas permiten alargar la vida útil del producto hasta los 60.000 kilómetros, frente a los 30.000 kilómetros que tenía de vida útil el anticongelante tradicional.